Atravesar el caos
Al volver de cruzar puentes y estar viendo el rio sin corriente
Caminar hacia Maat no significa negar a Isfet, sino atravesarlo, aprender de su sacudida y volver a erguirse. A veces el caos es el umbral que nos abre a un nuevo camino. Otras veces lo habitamos para encontrarle un orden o al menos el consuelo de un sentido. Es como nadar en contra de la corriente, semejante paradoja. Cada brazada duele, pero fortalece. Los músculos se tensan y crecen; el aire llega con dificultad y aun así el cuerpo aprende a respirar. En medio del esfuerzo surge la sincronía: brazos y piernas encuentran un compás secreto, como si obedecieran a un latido más antiguo que la voluntad. Uno cree avanzar, pero el río te recuerda con ironía que estamos suspendidos en el mismo punto. Es la ilusión de la velocidad relativa: tres metros por segundo contra tres metros de arrastre, cero absoluto, ni un paso más allá de donde comenzamos.
No es el cansancio lo que llega primero, sino la pregunta inevitable: ¿Qué se debe hacer para avanzar? El río exige que la fuerza de los brazos supere la fuerza de arrastre, ese empuje invisible que sostiene la corriente. La física lo dice con precisión: la fuerza es igual a la masa por la aceleración. Y si la fuerza neta es cero, no hay aceleración; el cuerpo se agita, pero permanece en el mismo lugar. Es entonces cuando descubres la trampa: la sincronía de brazos y piernas puede convencerte de que avanzas, pero la orilla sigue intacta, inmóvil, burlándose de ti. Desde la distancia, esa risa silenciosa despierta nuevamente la pregunta: ¿Qué se debe hacer para avanzar?.
El primer camino es aumentar la fuerza para vencer la de la corriente. Así, la fuerza se convierte en una virtud de la paciencia y la constancia, o más bien, una lucha que de antemano está perdida. El costo energético es alto, es en vano. La sincronía de brazos y piernas, que antes era un signo de esperanza, ahora se revela como parte de la trampa. Es la falsa promesa de movimiento. Es un ritmo que te engaña para que sigas luchando, para que no veas que la orilla se sigue riendo de ti. Es la incapacidad de ver que la sincronía no te lleva a ningún lado; te conviertes en un “badulaque”. Irónicamente, la única fuerza que aumenta es la fuerza del propio río; cuanto más luchas, más te agotas y más poderosa se siente la corriente que te supera. Así, se está atrapado en un ciclo de esfuerzo inútil y decepción. Aquí está la trampa: no es el río el que te retiene, sino tu propia incapacidad de soltar una estrategia que no funciona.
Esta segunda estrategia la aprendí del salmón. Fui hasta Noruega a observarlos. Y allí, desde la orilla, y sin darme cuenta de que estaba de pie junto a ella, descubrí su secreto ancestral: no hay que dejar de luchar, sino cambiar la dirección del esfuerzo. La diagonal es un secreto antiguo que conocen los peces y algo que había aprendido y forcé a borrar de mi mente de mis clases de artes marciales. Primero, defender; el contraataque no es un choque, sino un ángulo, la diagonal. Asimismo, los peces aceptan el empujón y con ese ángulo redibujan la trayectoria. Solo así la corriente deja de ser enemiga y se convierte en cómplice. De este modo, en lugar de oponerse a la fuerza, la usas.
Aun así, ahí está la orilla, inmóvil e irónica, desde la distancia, observando. Escucho su risa, provocadora, como me gusta. Si tan solo supiera que he encontrado su debilidad. Sabiduría oriental que resuena en la mente, pues la verdadera fuerza no está en la rigidez, sino en la adaptabilidad del agua, que se amolda a todo y, sin embargo, erosiona la roca más dura. Así se transforma la energía del oponente en un aliado. “Wu Wei”, le grito yo, mientras también me río de ella. No creo que lo esperara. Aquí está el verdadero umbral del caos: la no acción, no forzar las cosas. El cuerpo se convierte en flotador, en hoja a merced del río. El gasto energético se reduce a cero, y en esa quietud, liberado de la tiranía del movimiento, por fin se puede ver la trampa completa. ¡Ilusa!
El río murmura su verdad: al dejarme flotar, me ha dado acceso a su secreto. Dejo de nadar y mis pies tocan algo sólido. El río, me doy cuenta, está pando. Sí, su corriente es rápida y furiosa, pero no es profunda. Ahora empiezo a sospechar que la orilla no se reía de mi esfuerzo, sino de mi incapacidad de detenerme y poner los pies en el suelo. La solución, la victoria, Maat, no era la fuerza, ni la técnica, ni el abandono, sino ponerse en pie. El obstáculo no estaba en la fuerza del agua, sino en la arrogancia del esfuerzo. El Tao Te Ching lo había susurrado: “El que se conoce a sí mismo está iluminado.” De eso, mucho y poco sé. Sospecho que, para atravesar el caos, Isfet, a veces no hay que nadar en su contra ni navegar en diagonal, sino simplemente soltarse, dejarse llevar y caminar.
“Estaba sentada en la orilla del río sin corriente al lado y a veces de frente a la muerte. Y luego, al regresar y al cruzar el puente, la estrella me susurró el final”.


